lunes, 28 de noviembre de 2011

Mi primera vez

Salúdame a esos quinientos soles


Toda persona ha vivido de niño alguna que otra travesura, desde romper el jarrón favorito de tu mamá, cortarse el cabello así mismo, pintar con los labiales en los espejos, hasta incluso esconder el dinero en el VHS pensando que es un cajero. Aunque suena gracioso recordar todos aquellos momentos. No voy a negar que la travesura que se ganó el Óscar fue la primera vez que cogí el teléfono para hacer llamadas a un programa de televisión. 

Me encontraba en el cuarto de mi mamá y apenas tendría siete años, mi madre nunca me puso restricciones a nada, podía hacer lo que quisiera pero siempre con cierto límite. Miraba la televisión y cambiaba los canales a cada rato hasta que me sorprendió uno que presentaba videoclips de música. No me importaba qué tipo de música ponían, lo que me cautivó fueron las pequeñas letras que se encontraban en la parte inferior de la pantalla y lo único que leía era “manda tus saludos llama al 0-800-3131…”. Era un número fácil de aprender, cogí un papel y anoté el número para no olvidarme.



Programa de música alternativa para
todos los gustos.
Para mi buena suerte en ese entonces, había un teléfono en el cuarto de mi mamá lo que provocó mi entusiasmo en ir a cogerlo y hacer mi llamada. Una vez marcado el número, empezó mi emoción. Después de esperar varios minutos en línea, me responde una mujer la cual me pregunta mis datos y la última pregunta que me hizo era “¿a quién le mandas saludos?”, no sabía que responder, todo lo de mi alrededor de se paralizó y me quede pensando un par de segundos, lo único que atine en decirle mi segundo nombre “Carolina”. Una vez terminada la conversación me quedé enganchada a la televisión, solo quería ver mis nombres ahí, hasta que salieron en vivo, tuve un momento de emoción, que tanta fue mi felicidad que la compartí con mi prima que tenia la misma edad que yo. La llamé y le comenté que en Uranio15 podíamos llamar y ver nuestros nombres, ella no dudo en lo que le dije y se animó e hicimos un pacto de mandarnos saludos una dos veces al día.  

Seguían las llamadas y los saludos cada vez se hacían más aburridos. Pero como toda una niña ingeniosa opté por llamar a mi mejor amiga, le comenté todo lo que le había dicho a mi prima y aceptó. Ahora los saludos se extendían más, ahora era un círculo de a tres. En donde podíamos jugar con nuestros nombres, sin preocupación a nada. Mi felicidad se hizo más grande y nunca imagine que las llamadas tendrían el precio de ocho soles.
Pasado un mes, me encontraba almorzando junto con mis padres y repentinamente  ambos estaban de buen humor y lo único que recuerdo era que luego íbamos a salir. Pero todo el buen estado de ánimo de mis padres cambio en un instante al sonido del timbre de mi casa. Mientras seguía disfrutando de mi almuerzo. Mi papá atendió a la persona que estaba del otro lado, cierra la puerta y abre un sobre. Yo de reojo lo miraba pero nunca imaginé que el papel que tenía en sus manos era el recibo del teléfono. Mi mamá se acercó donde mi papá y empezaron interrogarse.

Mientras ellos conversaban, yo atiné en decir un comentario que sin querer iba a descubrirme, les dije  “papá hay un programa en donde puedo mandar saludos…”, ambos se miraron y velozmente me miraron. Yo inocentemente seguía comentándoles y ellos se iban acercando cada vez más a mí, me dijeron que no lo volviera hacer y que no llamase a ningún número sin consultarles.

Dulce e inocente niña que no sabía un par de llamadas llevarían a sus
 padres a pagar tanto por un recibo de teléfono.
Lo bueno de esta pequeña historia es que después de lo ocurrido ambos se rieron no me castigaron porque para en ese entonces tenía seis años. Mientras en la casas de mis dos aliadas les pusieron una caja con candado a sus teléfonos para que no vuelva ocurrir lo mismo que me paso a mí.  



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