¡Ayuda a la vista!
La Ymca es una asociación
cristiana de jóvenes, uno de sus proyectos de ayuda social se realiza en
Independencia, logrando ayudar a mujeres de bajos recursos a salir adelante a
través de talleres como el de textilería, panadería y salud.
Por: Ingrid Contreras
Esperaba dentro de la oficina de
recursos humanos de la Ymca en el distrito de Pueblo Libre, una señora con
actitud muy mandona a quien se le notaban las patas de gallo y tenía el cabello
todo alborotado me dijo que cuándo lleguemos yo iba a cuidar a los niños. En
ese momento imaginé tener el control de estos, pero a la misma vez no pensé en
que sería prácticamente su niñera.
El camino era largo, pero de buena
suerte había un bus particular que nos movilizó. Me di cuenta que ya estábamos llegando,
ya que el carro se acercaba cada vez más al cerro. El auto subía y subía, no sabía
cuando iba a detenerse. Fue en ese momento en que empecé a dudar si había hecho
bien en llegar a estos lugares tan alejados, sin embargo era demasiado tarde
para arrepentimientos.
Enseguida el chofer se detuvo y
pensé que habíamos llegado, parecía un camino hacia el cielo y no había cuando
terminar. Una vez que el carro paró, una de las voluntarias me dijo que aún
faltaba por caminar. El camino se hacía por momentos más angosto, pequeñas
piedras caían repentinamente, tuve que pisar firme para no resbalarme. Al ir
subiendo las escaleras se volvieron más empinadas, lo único que hubo de apoyo
eran unos palos delgados clavados entre sí para formar una baranda.
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La
intranquilidad de vivir en una realidad muy dura es lo que
le incomoda mucho a
Isabela.
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El espacio era muy pequeño, del
tamaño de un cuarto de 2x3 metros, lo
único que había eran tres bancas de madera viejas y largas alrededor y una mesa
al medio, papelografos en las paredes con mensajes referidos al amor de Dios;
así como también los juegos de los niños. Todos estaban dentro de cajas pesadas
y mal olientes. Parecía que todo había estado en ese mismo lugar por años y se había
desgastado debido al abandono.
Tuve que bajar las escaleras de la
salida de la casa. Estas eran como un laberinto para llegar a un terreno donde
el piso era de cemento. No había estética en ello, si bien es cierto no era
necesario, coloqué las sillas y mesas en orden para cuando vengan los niños. De
vuelta en la casa observé cómo es que las participantes iban llegando en fila
india y con una compañía en sus rostros, que hasta ese entonces había ignorado,
una sonrisa.
Fue interesante observar todo tipo
de personas que asistían a este evento. Entre ellas estaba la apresurada que
quería llegar antes que todas, también la que venía renegando o gritando a sus
hijos, la despreocupada, la que con que con ella no era la cosa o no había ni
un problema y la que siempre está dispuesta a ayudar en lo que sea necesario.
Sus ropas eran pantalones de buzo, polos sueltos y sandalias. Miré que el
recinto se iba llenando y decidí bajar porque mi ‘chamba’ era cuidar a los
niños.
Una vez abajo los niños me miraban
como bicho raro, uno que otro se acercaba mientras que los demás estaban en su
mundo como a armar torres o usar cualquier cosa que se encentraba a su alcance.
La libertad se trasmite en sus ojos, se podía ver que el mundo se podría
derrumbar, pero no el suyo, aquel mundo construido por juguetes que creaban fantasía.
Pensé entonces en cuan felices son los niños y que tan ajenos están de la
realidad y quise ser niña una vez mas, correr con el viento y sentirlo en mis
mejillas, gritar al vacío y no sentir vergüenza por hacerlo.
La charla ya
había empezado, todas las participantes estaban de pie, justo iban a empezar a
jugar. El primero consistió en pasar por debajo de las piernas de las personas
y al finalizar tenían que coger un gorro. Las expresiones de sus rostros
reflejaban calma y alegría, uno de esos momentos que no quisieran que termine.
Luego de que acabaron los juegos, la
encargada de la charla me pidió que la ayude a servir el pequeño compartir,
sacando los biscochos y el té. Me dispuse a servirle a cada uno, pero cuando me
dijeron que faltaba una participante, no podía servir hasta que no llegue. Una
vez terminado esto, llegó el doctor Andrés un hombre de aproximadamente cuarenta
años, con una mirada penetrante y con mucha seguridad. Llegó para hacerles una
sesión de salud. Al momento que el doctor estaba explicando su tema, las
señoras al escucharlo mostraban gran interés, haciendo preguntas hasta dejarlo
sin aliento. Una vez terminado el doctor, se retiró y llegó el momento en el
que las cuatro voluntarias hablaron de la reflexión del día. Al ver la biblia
en sus manos me quería retirar en un instante, pero me quede solo por saber
hasta qué punto la fe puede transformar la mente, el cuerpo y hasta esa energía
que todo el mundo le dice alma.
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Niños
jugando a hacer torres. Tan meticulosos como si
fueran ingenieros civiles.
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Una vez terminado
todo, procedí a decirles a los niños que la charla había terminado y que tenían
que devolverme los juegos. Cargué las cajas y las dejé en la pequeña casa. Me
puse a lavar todo lo que habían ensuciado: los vasos de plástico en donde se
les sirvió el té, que, para mi buena suerte, eran pocos. Las participantes se
iban retirando en grupos, otras se quedaron un rato más contemplando la vista y
luego se dirigieron a sus hogares que estaban cerca.
Una de las encargadas de
las charlas echó llave y suspiró como sintiendo haber cumplido una meta. Me
miró, me sonrió y volvimos a caminar por los caminos estrechos. Mientras íbamos
de regreso, supe que nada volvería a ser igual: pasar de la ciudad donde los
carros vuelan y la gente es plástica. Había entrado en otro mundo donde la
realidad duele y la ayuda vale por diez. Las calles no son las mismas cuando se
les mira de distinto estado de ánimo. Los niños, las señoras, la subida, las sillas,
el plástico, los play-go, estar en lo alto del cerro sin ninguna calle ni
carros. Y de lejos se vislumbraba el atardecer. Todo en silencio, todo
tranquilo, si la humanidad dejará de ser egoísta grandes cosas podrían ser
aprendidas entre estos sectores de la sociedad


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