viernes, 2 de diciembre de 2011

Programa de voluntariado de la Ymca


¡Ayuda a la vista!

La Ymca es una asociación cristiana de jóvenes, uno de sus proyectos de ayuda social se realiza en Independencia, logrando ayudar a mujeres de bajos recursos a salir adelante a través de talleres como el de textilería, panadería y salud.

Por: Ingrid Contreras

Esperaba dentro de la oficina de recursos humanos de la Ymca en el distrito de Pueblo Libre, una señora con actitud muy mandona a quien se le notaban las patas de gallo y tenía el cabello todo alborotado me dijo que cuándo lleguemos yo iba a cuidar a los niños. En ese momento imaginé tener el control de estos, pero a la misma vez no pensé en que sería prácticamente su niñera.

El camino era largo, pero de buena suerte había un bus particular que nos movilizó. Me di cuenta que ya estábamos llegando, ya que el carro se acercaba cada vez más al cerro. El auto subía y subía, no sabía cuando iba a detenerse. Fue en ese momento en que empecé a dudar si había hecho bien en llegar a estos lugares tan alejados, sin embargo era demasiado tarde para arrepentimientos.

Enseguida el chofer se detuvo y pensé que habíamos llegado, parecía un camino hacia el cielo y no había cuando terminar. Una vez que el carro paró, una de las voluntarias me dijo que aún faltaba por caminar. El camino se hacía por momentos más angosto, pequeñas piedras caían repentinamente, tuve que pisar firme para no resbalarme. Al ir subiendo las escaleras se volvieron más empinadas, lo único que hubo de apoyo eran unos palos delgados clavados entre sí para formar una baranda.

La intranquilidad de vivir en una realidad muy dura es lo que 
le incomoda mucho a Isabela.  
Después de veinte minutos de haber caminado desde el punto que nos dejaron, llegué a una pequeña casa,  una niña me atendió y me preguntó si soy una nueva voluntaria, no le presté atención ya que una de las señoras me mandó a abrir la puerta apresuradamente porque la charla ya iba a empezar y en cualquier momento llegarían las participantes.

El espacio era muy pequeño, del tamaño de un cuarto de 2x3 metros,  lo único que había eran tres bancas de madera viejas y largas alrededor y una mesa al medio, papelografos en las paredes con mensajes referidos al amor de Dios; así como también los juegos de los niños. Todos estaban dentro de cajas pesadas y mal olientes. Parecía que todo había estado en ese mismo lugar por años y se había desgastado debido al abandono.

Tuve que bajar las escaleras de la salida de la casa. Estas eran como un laberinto para llegar a un terreno donde el piso era de cemento. No había estética en ello, si bien es cierto no era necesario, coloqué las sillas y mesas en orden para cuando vengan los niños. De vuelta en la casa observé cómo es que las participantes iban llegando en fila india y con una compañía en sus rostros, que hasta ese entonces había ignorado, una sonrisa.

Fue interesante observar todo tipo de personas que asistían a este evento. Entre ellas estaba la apresurada que quería llegar antes que todas, también la que venía renegando o gritando a sus hijos, la despreocupada, la que con que con ella no era la cosa o no había ni un problema y la que siempre está dispuesta a ayudar en lo que sea necesario. Sus ropas eran pantalones de buzo, polos sueltos y sandalias. Miré que el recinto se iba llenando y decidí bajar porque mi ‘chamba’ era cuidar a los niños.

Una vez abajo los niños me miraban como bicho raro, uno que otro se acercaba mientras que los demás estaban en su mundo como a armar torres o usar cualquier cosa que se encentraba a su alcance. La libertad se trasmite en sus ojos, se podía ver que el mundo se podría derrumbar, pero no el suyo, aquel mundo construido por juguetes que creaban fantasía. Pensé entonces en cuan felices son los niños y que tan ajenos están de la realidad y quise ser niña una vez mas, correr con el viento y sentirlo en mis mejillas, gritar al vacío y no sentir vergüenza por hacerlo.

La charla ya había empezado, todas las participantes estaban de pie, justo iban a empezar a jugar. El primero consistió en pasar por debajo de las piernas de las personas y al finalizar tenían que coger un gorro. Las expresiones de sus rostros reflejaban calma y alegría, uno de esos momentos que no quisieran que termine.

Luego de que acabaron los juegos, la encargada de la charla me pidió que la ayude a servir el pequeño compartir, sacando los biscochos y el té. Me dispuse a servirle a cada uno, pero cuando me dijeron que faltaba una participante, no podía servir hasta que no llegue. Una vez terminado esto, llegó el doctor Andrés un hombre de aproximadamente cuarenta años, con una mirada penetrante y con mucha seguridad. Llegó para hacerles una sesión de salud. Al momento que el doctor estaba explicando su tema, las señoras al escucharlo mostraban gran interés, haciendo preguntas hasta dejarlo sin aliento. Una vez terminado el doctor, se retiró y llegó el momento en el que las cuatro voluntarias hablaron de la reflexión del día. Al ver la biblia en sus manos me quería retirar en un instante, pero me quede solo por saber hasta qué punto la fe puede transformar la mente, el cuerpo y hasta esa energía que todo el mundo le dice alma.

Niños jugando a hacer torres. Tan meticulosos como si
 fueran ingenieros civiles.
Les entregué los cancioneros a las participantes y noté que algunas no sabían leer: estaban sentadas mirando el libro a todas direcciones. Algunas me miraban como pidiéndome ayuda. Era paradójico: al darles los juegos a los niños, ellos sabían exactamente qué hacer; pero al darle el cancionero a las madres, ellas no lo sabían. Las voluntarias empezaron a cantar y alguna que otra señora la seguía sin saber lo que hacía. Otras, en cambio, solo miraban el libro. Nunca supe si era porque tenían vergüenza de demostrar que no sabían leer o estaban tan concentradas en la lectura.

Una vez terminado todo, procedí a decirles a los niños que la charla había terminado y que tenían que devolverme los juegos. Cargué las cajas y las dejé en la pequeña casa. Me puse a lavar todo lo que habían ensuciado: los vasos de plástico en donde se les sirvió el té, que, para mi buena suerte, eran pocos. Las participantes se iban retirando en grupos, otras se quedaron un rato más contemplando la vista y luego se dirigieron a sus hogares que estaban cerca.

Una de las encargadas de las charlas echó llave y suspiró como sintiendo haber cumplido una meta. Me miró, me sonrió y volvimos a caminar por los caminos estrechos. Mientras íbamos de regreso, supe que nada volvería a ser igual: pasar de la ciudad donde los carros vuelan y la gente es plástica. Había entrado en otro mundo donde la realidad duele y la ayuda vale por diez. Las calles no son las mismas cuando se les mira de distinto estado de ánimo. Los niños, las señoras, la subida, las sillas, el plástico, los play-go, estar en lo alto del cerro sin ninguna calle ni carros. Y de lejos se vislumbraba el atardecer. Todo en silencio, todo tranquilo, si la humanidad dejará de ser egoísta grandes cosas podrían ser aprendidas entre estos sectores de la sociedad

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